OPINIÓN- Neuro Villalobos: La Voz de la Diáspora: Los espíritus burlones de la política

En el mundo de lo esotérico se habla mucho de los espíritus burlones. Chávez, por ejemplo, era uno de esos espíritus cuya alma atormentada por sus deseos de trascender mediante el uso de un poder omnímodo, no sólo se burlaba de la ingenuidad de su pueblo, sino, a veces, de él mismo, en una demostración de falsa humildad. El poder jerárquico cuanto más fuertemente se ejerce más sumisión procura, es obvio.

Las pandillas son un ejemplo gráfico del ejercicio del poder jerárquico y la sumisión entre sus miembros; para desgracia nuestra ese es el legado de Hugo Chávez, un gobierno conformado por pandillas que imposibilitan la alquimia, es decir, la transformación de hombres viles y mediocres en hombres virtuosos.

Maduro es otro ejemplo de espíritu burlón. El jefe de su pandilla lo ungió basado en su jerarquía y poder, lo cual lo impulsó a ser el capo de las mafias gobernantes, pero, con una diferencia, su concepción del poder es hedonista, lo que le importa es el placer de mandar, la erótica del poder que manifiestan algunos, donde todas las perversiones del ser humano están permitidas.

Conducir un país, y más a partir de este siglo, es cosa muy seria, no es para fantasiosos ni mandones arbitrarios, aunque el ejercicio de la política admite el humor que no es lo mismo que poner la cómica. El gobernante no se puede permitir la burla ni tampoco el engaño. La mentira permanente es degradante, es el instrumento favorito de los mediocres y de aquellos que se creen con talento, pero faltos de honor para lo que se proponen. Sus discursos son reveladores por lo que se descubre fácilmente sus verdaderos propósitos.

Las lucecitas de navidad no son para burlarse ni tratar de engañar al mundo haciendo creer que todo está normal en un país sumergido en la obscuridad, no sólo por la falta de luz eléctrica, sino también, por la falta de luces y talentos probos, y porque falta lo esencial, el resplandor de la verdad que ilumine al verdadero espíritu cristiano en la búsqueda de la unidad y la solidaridad que tanto anhelamos. En todo caso, las lucecitas de navidad son para encender el espíritu cristiano que anuncia una vez más la llegada del niño Dios, no para las falsas alegorías.

Necesitamos despojarnos de los espíritus burlones de la política que nos encierran y nos entierran, que se burlan y engañan porque lo que verdaderamente sienten es odio, que es como decía el Dr. Ávila Mayor, “un sentimiento contrario al amor, a la solidaridad humana, a la amistad y como veneno del propio espíritu, una amenaza permanente para el propio odiado”. La expresión típica del odio es el ensañamiento y es un acto de cobardía ensañarse escudado con el control de los poderes del Estado.

Esa obsesión desmedida por el poder omniabarcante y como expresión de un hedonismo insaciable, es lo que hace que se sientan siempre amenazados y su odio los impele al deseo violento de aniquilar a quienes consideran que quieren quitarle el objeto de sus deseos.

Debemos con serenidad, paciencia y unidad, buscar, como nos manifestara Kalil Gibran, “el equilibrio entre la razón y la emoción en el ejercicio del poder, porque la razón si gobierna sola es una fuerza que limita y la pasión sin guía es una llama que arde hasta su propia destrucción”. Para los venezolanos de bien, verdaderamente cristianos, este debe ser un momento para el acercamiento entre todos, que permita contemplar la hermosa llama de la unidad y las lucecitas del amor.

Fuente: Diario las Américas

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