Trump se niega a admitir el resultado electoral en el debate con Clinton

Los candidatos chocan con virulentos ataques personales en el último duelo antes de las presidenciales

El republicano Donald Trump puso en duda este miércoles la legalidad de las elecciones en las que se enfrenta a la demócrata Hillary Clinton. En el tercer y último debate de la campaña, en Las Vegas (Nevada), Trump rechazó comprometerse a aceptar el resultado el 8 de noviembre, un gesto que cuestiona las bases del sistema: el traspaso del poder sin incidentes que es un pilar de la democracia estadounidense. El debate fue un cuerpo a cuerpo intenso, con descalificaciones personales en el que el republicano empezó resistiendo pero acabó relanzando ante los millones de telespectadores su mensaje más extremo y conspirativo.

“Falso, falso, falso”, interrumpía Trump a Clinton. O en otro momento: “Qué mujer más asquerosa”.

Cuando el moderador le preguntó si respetaría el resultado electoral, respondió: “Se lo diré en su momento. Voy a mantener el suspense”.

La afirmación es extraordinaria, una declaración jamás escuchada en un debate televisivo entre las dos personas que aspiran a gobernar Estados Unidos. El reconocimiento del resultado por parte del perdedor es esencia para la buena marcha del sistema.

Clinton le replicó: “Me indigna que alguien que es el nominado de uno de nuestros dos grandes partidos adopte esta posición”.

La mayoría de líderes del Partido Republicano —incluido su número dos, el candidato a la vicepresidencia Mike Pence— se ha distanciado de la teoría conspirativa según la cual está en curso un gran fraude electoral destinado a hurtarle la victoria a Trump.

Trump llegó muy magullado al debate, con los sondeos en contra y una avalancha de testimonios de mujeres que le acusan de haber acosado sexualmente de ellas.

No empezó mal. Al contrario que en los dos primeros debates, el de Las Vegas se centró en cuestiones programáticas, como el aborto y la inmigración. Este hecho, junto a preguntas del moderador que le daban pie a exponer sus puntos de vista, ofreció a Trump la oportunidad de colocar sus eslóganes más llamativos sobre la inmigración o el aborto, temas que funcionan bien entre una base conservadora que ve con escepticismo a su candidato. Clinton, por contraste, parecía encallada, carecía de la capacidad de enviar los mensajes simples y comprensibles de su rival.

En la primera mitad del debate, Trump parecía en forma, como mínimo comparado con los debates anteriores o con algunas de sus discursos. No gritó, no perdió los nervios, no insultó como suele y logró poner a Clinton a la defensiva.

Que la barra estuviese baja le ayudaba: de Trump se esperana poco y llegaba en su peor momento, cuando muchos en su propio partido han perdido la esperanza en la victoria.

Pero pasados los tres cuartos de hora, cuando el tema de debate era el temperamento de los candidatos para gobernar la nación más poderosa del mundo, un país que se presenta al resto del mundo como un faro de la libertad y la democracia, el otro Trump reapareció.

El momento clave fue cuando Wallace le preguntó por si aceptaría el resultado electoral. Trump se negó a comprometerse a una respuesta y los demonios del candidato antisistema, alejado de lo que tradicionalmente ha sido la centralidad de este país, volvieron a aparecer.

Llegaron entonces los ataques a los medios de comunicación, «tan deshonestos, tan corruptos que envenan las mentes de la gente», dijo. O la insinuación de que su rival debería ser juzgada e ir a prisión. «A ella no deberían haberle permitido presentarse a la presidencia», dijo Trump en otro momento, retomando otro argumento conspirativo según el cual Clinton debería estar en la cárcel por crímenes no demostrados.

Probablememte Trump dilapidó la ventaja que había conseguido al principio del debate. Clinton no arriesgó y mantuvo su aire presidencia. En todo caso, será difícil que este modifique el curso de la campaña cambie en las últimas tres últimas semanas.

Era la última vez que Trump y Clinton se encontraban en un mismo espacio hasta el 8 de noviembre. Ni al llegar al escenario ni al despedirse se dieron la mano. La campaña más virulenta de la historia reciente se acerca al final.


 

Fuente: ElPais.com

 

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