OPINIÓN-Andrés Villota Gómez: Argentina y el síndrome de la rana hervida

Si una rana fuera arrojada a una olla llena de agua hirviendo, el animal reaccionaría de inmediato y se saldría de la olla. Caso contrario ocurriría, si la misma rana fuese puesta en la misma olla con agua fría y luego la pusieran al fuego hasta que el agua empezara a calentar y hervir. La rana no reaccionaría y se quedaría sumergida en el agua sin darse cuenta de que se iba a morir cocinada. No sobra advertir que estoy hablando de una analogía que se conoce como el Síndrome de la Rana Hervida y no de un experimento cruel para realizar en la cocina de la casa.

En las elecciones PASO 2021 celebradas en Argentina, la Izquierda al mando de Cristina Fernández de Kirchner y de sus secuaces, tuvo un descalabro monumental. Algunos analistas califican como “fenómeno” el surgimiento en el panorama político nacional de outsiders como Javier Milei, o consideran un “fenómeno” la caída estruendosa de la Izquierda en regiones históricas afines con el socialismo peronista durante casi un siglo.

En Rosario, por ejemplo, la Izquierda perdió y esa enorme derrota estuvo precedida de la remoción del nombre y de una estatua del terrorista homófobo, Ernesto Guevara alías “El Che”, de una plaza pública en la misma provincia. Hasta en Santa Cruz, la cuna y fortín del kirchnerismo, ganó la derecha de manera contundente.

A diferencia de los que califican de “fenómeno” lo ocurrido en Argentina, lo que pasó no es un fenómeno sino la lógica consecuencia del hastío generalizado de la sociedad con un modelo que llevó a la miseria a muchos países en el mundo. Un modelo basado en el saqueo a los recursos del pueblo mediante la creación de un aparato burocrático inmenso, inútil y voraz, financiado con deuda y con una carga de impuestos justificada en causas como el cambio climático, el racismo, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la equidad de género y el lenguaje incluyente entre otras mil excusas para gastar y repartir el erario público entre los cercanos al régimen, sin mayores cuestionamientos o controles sociales e institucionales.

En el mundo nos metieron en una olla con agua fría y, desde hace mucho tiempo, nos pusieron encima del fuego y nos están cocinando sin que podamos advertir el grave peligro al que estamos sometidos o conocer el oscuro destino que vamos a tener cuando el agua alcance su punto de ebullición. Los que meten a la gente en la olla, al igual que los que no quieren que se salgan de la olla o los que no quieren que apaguen el fuego que calienta la olla, todos, son los mismos con el mismo perfil y están en todas partes. Mimetizados para que no los encuentren tan fácil ni sean tan evidentes sus oscuras intenciones.

Antónimos de la realidad. Se presentan como lo que no son para poder atrapar incautos. Fidel Castro, por ejemplo, decía que Cuba era el único territorio libre de América mientras que esclavizó a millones de jóvenes en plantaciones de azúcar. O las activistas pro aborto que se quitan la ropa, ante la falta de argumentos, para promover el asesinato de niños en gestación diciendo que los matan para proteger los derechos humanos. Tratan de brutos a los que no se quieren meter a la olla y enaltecen la inteligencia de los que lo hacen con docilidad y sumisión que, casi siempre, son los jóvenes más ignorantes, sin experiencia y sin criterio. Dicen de los que logran meter en la olla que ellos sí piensan “afuera de la caja” y que son muy “disruptivos”, lo que le encanta oír a cualquiera que tenga un coeficiente intelectual de un solo dígito. El resto que no se quiere meter o que se quiere salir de la olla o que quiere apagar el fuego que calienta a la olla, está desvariando, son locos, bestias, supremacistas blancos, extremistas de derecha, violadores de los derechos humanos, promotores del discurso de odio, enemigos de la paz, nazis, fascistas o paramilitares.

Las oenegés, con sus causas sintéticas, son expertas en meter gente en la olla. También son expertos los periodistas de los medios tradicionales, los académicos inescrupulosos y los políticos que dicen ser de izquierda o de centro.

Hasta Hollywood ha hecho su parte mostrando en sus películas la realidad pero presentándola como ficción y algunas de sus estrellas más populares han cumplido a cabalidad con su función de reclutadores para echar a la olla al mayor número de incautos posible. Estrategia que se ha replicado en las farándulas locales en dónde aparecieron, de la nada, actrices en decadencia, cantantes en el ocaso de sus carreras, modelos que ya no son aptas para una pasarela y reinas de belleza sin corona, siendo impulsadoras, tratando de convencer a sus semejantes para meterlas a la olla.

Muchos ya se han dado cuenta que los quieren meter a la misma olla de la rana con su discurso barato. La familia que había sufrido la tragedia de ser subyugada durante muchos años por el mayor de los hermanos que se apropió del patrimonio familiar en nombre de la “justicia social” para poder realizar estudios en Europa y ser el primer traductor simultáneo de lenguaje inclusivo a español y español a lenguaje inclusivo, con un PhD que hizo en Alemania sobre el Cambio Climático desde la perspectiva de Género en el marco de la Pobreza Menstrual. Ese que nunca trabajó, que vivía de gorra y que durante la cuarentena salía a protestar porque Colombia era una “dictadura” y “nos están matando”, hoy es visto por sus hermanos y sus padres como un inútil, como un perfecto fracasado, como el pelagatos que siempre ha sido pero que se presentaba como el mesías que iba a cambiar al mundo.

Al empezar las cuarentenas obligatorias fue una constante afirmar que la humanidad iba a cambiar cuando terminara la pandemia. Las tragedias, las personales y las de muchos, han sido determinantes para impulsar los grandes cambios estructurales o para revaluar lo que se daba por válido antes de la ocurrencia de las mismas. Todos cambiamos, todo cambio, aunque algunos políticos colombianos insistan en seguir haciendo lo mismo que hace un par de años, contratando a asesores de políticos anacrónicos como Barack Obama o a miembros del kínder de César Gaviria del siglo pasado, repitiendo los mismos argumentos vacíos, planteando las mismas amenazas inexistentes para la sociedad, asumiendo que los que los oyen siguen siendo los mismos imbéciles que les creían y los seguían en el pasado. Afortunadamente, la olla se está desocupando.

Los asesores de Joe Biden, le hicieron prorrogar la Emergencia Nacional con respecto a la interferencia extranjera en las elecciones de los Estados Unidos, decretada por el presidente Donald Trump en septiembre del 2018. Biden, tal vez, trata de recuperar algo de credibilidad y de gobernabilidad mostrando que le interesa aclarar la verdad sobre el origen de los 80 millones de votos que, supuestamente, lo llevaron a la Casa Blanca.

Lo que si es claro es que Joe Biden apostó sus restos, todas las pocas fichas que le quedaban y se puede llevar toda la bolsa sí el informe que presente John Durham sobre las Elecciones Presidenciales del 2020 y el resultado de la auditoría forense hecha en Arizona, prueban que no existió fraude, ni existió interferencia extranjera en el resultado. De lo contrario, si se prueba el fraude a gran escala, podría ser su ruina, perderlo todo y ser el final de su vida política, el final del partido Demócrata y el final de todos los políticos que apoyaron a Biden en el mundo.

Washington DC, hoy se parece a un campo de concentración y fueron desplegados miles de Marines para aplastar cualquier intento de ejercer el sagrado derecho constitucional a la protesta social. Joe Biden viola los derechos humanos y sigue dando muestras de estar llevando a los Estados Unidos por el rumbo del totalitarismo.

Fuente: PanamPost

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