Memorias de Cándido: Tendencias irreversibles, por Vladimiro Mujica

Es difícil imaginarse un ícono más emblemático de la complicidad de los poderes públicos para usurpar la soberanía del pueblo, que la imagen sempiterna de la presidenta del CNE anunciando una nueva “tendencia irreversible” en los cada vez más viciados procesos electorales venezolanos. No cabe duda alguna, ni en nuestro medio, ni internacionalmente, que el acto democrático elemental de votar se ha ido transformando en la Venezuela de estos días en una odisea para enfrentar los abusos y tropelías contra el ciudadano que se expresan no solamente en las decisiones del Poder Electoral, sino en la connivencia con las bandas organizadas del chavismo.

Soy de quienes estaban convencidos que aún con toda la trampa y el abuso de poder anunciados y practicados por el régimen para impedir que la mayoría se pudiera expresar con claridad en las elecciones de gobernadores, era indispensable participar en ellas. Pero votar en dictadura no tiene la misma connotación ni el mismo significado que votar en democracia, y los venezolanos acudieron a un acto electoral bajo las condiciones impuestas por un régimen dictatorial, que solamente preserva un impúdico taparrabos de legitimidad. El verdadero dilema de la oposición era participar para evidenciarse como mayoría, o participar para evidenciar el fraude ante el país y la comunidad internacional. Pero, la paradoja trágica de lo que está ocurriendo es que corremos el riesgo de no poder hacer ni lo uno ni lo otro, a menos que terminemos por aprender lo que tanto nos ha costado aprender en estos eternos 20 años de chavismo: que recuperar el país depende de un cambio profundo en la manera de hacer política y de relacionarse con la gente.

No se puede insistir lo suficiente en que el primer elemento de cambio está en la necesidad de hablarle con claridad y honestidad a la gente, y hacer partícipe al ciudadano de las decisiones políticas. Eso y conformar un liderazgo que finalmente actúe como una verdadera dirección política y no como una alianza electoral o, peor aún, como un espacio de enfrentamiento interno frente a un adversario que cuenta no solamente con los recursos económicos para comprar conciencias y apoyos, sino con una ductilidad asombrosa para adaptarse a las condiciones políticas más adversas, recurriendo a una combinación de acciones delincuenciales con abuso de poder.

La premisa central que permitía correr el riesgo de participar en las elecciones era asegurar la participación de la gente. Si esa premisa se quebrantaba por una combinación del llamado abstencionista con el cansancio y la frustración de la gente por lo que se percibe como una ausencia de éxitos opositores, a pesar de los sacrificios y movilizaciones de la población, el resultado era una derrota cantada. Eso aparentemente ocurrió en Miranda, con una abstención brutal mayor al 50% en Chacao, y no ocurrió en Táchira. Claramente los gochos entendieron mejor que nadie en Venezuela que cuando se necesita calle la respuesta es calle, y que cuando hace falta votar es necesario votar, a pesar de todos los obstáculos y marramuncias del régimen y sus bandas armadas. Ahora se percibe con toda claridad que el liderazgo opositor no logró transmitirle a la gente un mensaje creíble sobre la necesidad imperativa de la participación para que el riesgo de entrar en la contienda electoral pudiese transformarse en una victoria.

Hablarle con claridad a la gente implicará también admitir que será imposible verificar el fraude en la elección con la auditoría simple prevista en el reglamento electoral, la cual solamente atiende a la constatación de la información global en los cuadernos y la consistencia de las actas en manos de los testigos con los resultados transmitidos al CNE. Al igual que la elección de Capriles contra Maduro las actas terminarán por ser consistentes con los resultados porque allí nunca ha estado la trampa. Si se pretende construir un caso de fraude electoral, más allá del fraude indiscutible en las condiciones mismas del proceso, será necesario auditar las huellas en los cuadernos porque es allí donde se encuentra la evidencia forense del delito de usurpación de identidad del votante. Algo que es imposible de hacer sin la complicidad de la mesa o contando con la presencia de testigos de la oposición.

Es mucho lo que tendrá que hacer la oposición para salir del atolladero en que se ha metido no solamente por las trampas del gobierno sino por nuestros propios desaciertos. Quizás sea tiempo de considerar que es preferible que el régimen destituya a los gobernadores electos de oposición antes de juramentarse frente a una ANC abiertamente inconstitucional. Quizás haciendo esto se logre recuperar cierta consistencia en nuestra actuación frente a los ojos de la comunidad internacional, sin cuyo apoyo no vamos a salir de la horrenda situación en que está metido el país.

He reservado para el final la conexión con el título del artículo. Es posible que el ominoso anuncio de Tibisay Lucena sobre tendencias irreversibles esta vez se aplique al régimen en su tránsito de salida del poder. El régimen está profundamente deslegitimado, la economía está herida de muerte y el país se desangra de su gente y su futuro día a día. Pero esta tendencia irreversible dejará de serlo y se transformará en realidad solamente si la oposición encuentra el modo de aprender de sus errores y la ciudadanía, la gente, termina por entender que no habrá escapes sencillos al drama nacional. Comprender, finalmente, que salir de una dictadura impone un tipo de racionalidad y consistencia en la actuación política a las que los venezolanos obviamente no estamos acostumbrados.

Vladimiro Mujica

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