EL NUEVO PARADIGMA INTERNACIONAL

Rusia no pretendió mantener sus bases en Europa oriental e incluso aceptó que regiones de Rusia, como Ucrania y Bielorrusia, que originalmente iban a permanecer en la Federación rusa, se marcharan.


 

Por César Vidal
Publicado abril 20, 2017 9:00 am

Para muchos, la política exterior de los Estados Unidos durante los últimos años ha constituido un proceso errático, irritante e incluso sin sentido. A una política enérgica y resuelta de George W. Bush habría seguido una debilidad exasperante por parte de Obama y un enigma en relación con el actual presidente Trump. Me atrevo a indicar que ese análisis, desde mi punto de vista, no es el adecuado y que arranca de una perspectiva que pasa por alto el cambio de paradigma estratégico implantado tras el final de la Guerra fría. En otras palabras: lo que sucede es que el mundo vive un paradigma bien distinto al de la Guerra fría en que transcurrió la mayor parte de nuestras vidas.

El desplome de la URSS y la salida inmediata de Europa oriental de la alianza con la nueva Rusia significó el final de toda una época. La nueva Rusia no sólo no pretendió mantener sus bases en Europa oriental sino que incluso aceptó que regiones de Rusia como Ucrania y Bielorrusia que, originalmente, iban a permanecer en la Federación rusa se marcharan. No sólo eso. La misma victoria de Borís Yeltsin sobre el superviviente partido comunista debió muchísimo a la ayuda proporcionada de manera encubierta por el presidente Clinton. Sobre el episodio tenemos ahora sobrada documentación y no deja de llamar la atención teniendo en cuenta la insistencia en denigrar a Trump por una supuesta ayuda rusa recibida durante la campaña electoral. Al parecer, resultaría intolerable que la señora Clinton hubiera sido víctima de una táctica como la que llevó a cabo el señor Clinton en Rusia… Pero volvamos a nuestro punto de partida. La desaparición de la URSS, su descuartizamiento territorial, la extinción del Pacto de Varsovia y la extensión de la NATO fueron circunstancias tan extraordinaria que poco puede sorprender que provocaran un cambio total de paradigma geo-estratégico de los Estados Unidos. Como ha revelado, entre otros, el general Wesley Clark, jefe supremo de la NATO durante la guerra de Bosnia, pero también quedó de manifiesto en documentos oficiales y oficiosos, la nueva política de Estados Unidos para el siglo XXI no sería la de la guerra fría sino otra encaminada a lograr una hegemonía monopolar de Estados Unidos.

Los dos ejes fundamentales de esa acción a finales del siglo XX ya estaban definidos como asegurar el control del abastecimiento de petróleo de Medio Oriente y ayudar a la política de Israel en la zona. Desde los inicios del siglo XXI, la política exterior de Estados Unidos ha girado de manera incesante sobre esos dos aspectos. De hecho, todas las intervenciones exteriores de relevancia de este siglo han estado vinculadas a esas metas. La invasión de Afganistán – decidida antes de que Bin Laden se refugiara allí y vinculada con la reticencia de los taliban a aceptar un oleoducto – la segunda guerra de Irak – todavía más claramente relacionada con la producción petrolífera – e incluso otras acciones menores han girado en torno a esas metas. Incluso el ulterior enfrentamiento con Rusia – George W. Bush fue dubitativo en cuanto a la relación que debía mantener con el gigante eslavo – no deriva, de hecho, de una nueva guerra fría como antaño sino del deseo de impedir el resurgimiento de la única potencia que puede obstaculizar el avance de esos dos ejes geo-estratégicos. De hecho, resulta obvio que ni Putin pretende extender su ideología, ni ambiciona provocar revoluciones en las cercanías de Rusia – más bien todo lo contrario – ni va a permitir el regreso al poder de un partido comunista al que no deja de batir en todas y cada una de las elecciones.

Obama no fue, al respecto, menos enérgico que Bush. En sus primeros cinco años de mandato llevó a cabo bombardeos en siete países – no es mal record para una paloma ganadora del Premio Nobel de la paz – y, desde luego, no consiguió salir como habría querido de Irak y Afganistán. A lo sumo, logró desviar el foco mediático de estas dos guerras inconclusas. Es cierto que en 2013 amenazó con invadir Siria aludiendo al uso de armas químicas por Assad. Si finalmente no lo hizo no cabe atribuirlo a la debilidad sino al descubrimiento, antes de la autorización del congreso, de que los hechos eran falsos. Fue precisamente el general Dempsey el que evitó la invasión, pero, especialmente, el ridículo de un Obama que hubiera invadido Siria sobre la base de falsas afirmaciones. En cuanto a Israel, es posible que Netanyahu se haya resentido ante un Obama que no invadió Irán – ¿hubiera podido hacerlo y más después de imponerle unas durísimas sanciones que chocaban frontalmente con lo dispuesto en el Tratado de no-proliferación de armamento nuclear? – pero lo cierto es que ningún presidente proporcionó jamás tanto respaldo militar y económico a Israel. De hecho, el último acuerdo suscrito por Obama en favor de Israel entrega a esta nación una cantidad monetaria actualizada superior a la que recibieron todas las naciones europeas beneficiadas por el Plan Marshall en su conjunto. Reconozcamos que no es poca generosidad. Sin embargo, todo encaja a la perfección con el nuevo paradigma geo-estratégico de Estados Unidos. Si acaso cabe señalar que además Obama se percató – algo que no puede decirse de Bush, pero que Trump también subrayó en su campaña electoral – de la relevancia del gigante chino al que intentó cercar con un tratado de libre comercio. Con los matices que se quiera y partiendo de una situación mucho peor que la de Bush hijo – se encontró una crisis económica y dos guerras inconclusas – Obama se ajustó al nuevo paradigma. No sólo eso. Lo hizo cuando Estados Unidos ya no es una nación dependiente del petróleo de Oriente próximo y, de no ser por el deseo de proteger a Israel, podría abandonar todos los conflictos de la zona sin que perjudicara lo más mínimo sus intereses nacionales. De nuevo, se diga lo que se diga, Obama se comportó más que generosamente con el aliado Israel.

Sobre ese nuevo paradigma se puede discutir todo lo que se desee, pero resulta difícil negar que ha resultado, en términos generales y aunque sea de manera indirecta, funesto para las libertades en Hispanoamérica. Precisamente porque el paradigma de la Guerra fría se extinguió hace años, las sucesivas administraciones no han visto en Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, Chávez-Maduro e incluso Raúl Castro más que una antipática molestia, pero no una amenaza. A fin de cuentas, debe reconocerse que ninguna de estas naciones amenaza el control del petróleo de Oriente Medio ni mucho menos afecta los objetivos del gobierno de Israel. Otras cuestiones como el narcotráfico, a pesar de su gravedad, resultan más que secundarias en el nuevo paradigma. De hecho, por citar un ejemplo bien significativo, la Casa Blanca ha apoyado el acuerdo del gobierno colombiano con las FARC que constituyen la principal fuerza narco-terrorista del subcontinente. No puede, pues, sorprender que si en los años setenta, la mención de La Habana podía provocar virulentas reacciones, en la segunda década del siglo XXI – más allá de algunos legisladores que necesitan el voto cubano – no cabe esperarlas. Cuba – no digamos Bolivia o Nicaragua – sólo es una molestia, pero no una amenaza según el nuevo paradigma. A decir verdad, basta pasearse por Washington para captar que demócratas y republicanos – salvo algunas excepciones por razones electorales – sólo ven Cuba como tierra de futuros negocios y que la Nicaragua que en la época de Reagan fue escenario de la última batalla de la Guerra fría, ahora es gobernada por exactamente el mismo Daniel Ortega sin que nadie se inquiete lo más mínimo.   Se puede considerar indignante, inmoral, errado, desesperante y hasta feo este comportamiento, pero es una consecuencia directa del nuevo paradigma en el que estamos inmersos desde la caída de la URSS.

Una vez que se comprenden estos aspectos – y no es fácil porque existe una tendencia natural a no percibir la alteración de los paradigmas con los que hemos crecido – la política de Estados Unidos resulta fácilmente comprensible.  Incluso pueden entenderse algunos de los pasos dados ya por Trump. Quien dijo que practicaría la distensión con Rusia, que llegaría a una alianza con esta potencia para acabar con ISIS, que no intervendría en Siria y que intentaría frenar a China como gran rival de Estados Unidos está siguiendo un sendero bien diferente. Ha bombardeado Siria sin la autorización previa del congreso o de la ONU y sobre la base de dudosas pruebas – salvo que se considere como tales los más que dudosos videos de los Cascos blancos, una entidad más que vinculada con el terrorismo islámico y famosa por el falseamiento de imágenes repitiendo las de los mismos muertos hasta en tres ocasiones distintas – ha intentado infructuosamente impresionar a China – la prensa china se ha burlado hasta la náusea de que Trump intentara impresionar a Xi con el bombardeo sirio – y amenaza con volver a imponer sanciones a Irán. No se parece mucho a sus promesas electorales, pero – reconozcámoslo – sí que encaja bastante con el nuevo paradigma posterior a la Guerra fría. Precisamente por ello, no resulta difícil comprender lo acontecido, intuir lo que puede depararnos el futuro y captar lo que resulta ingenuo esperar de él.

Publicado por Diario las Américas el viernes 14 de abril, 2017. 

*Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor*


 

Fuente: Interamerican Institute for Democracy

 

 

 

 

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