¿EXISTE EL TERRORISMO ISLÁMICO?

Que las intenciones del papa son buenas – las de evitar infamar a una religión por el hecho de que algunos de sus fieles sean terroristas – es algo que no me atrevería a discutir. Sí tengo enormes problemas con su afirmación de fondo… Ese terrorismo islámico que sí existe representa una amenaza real aunque, lamentablemente, da la sensación de que no pocos dirigentes occidentales están demostrando su incapacidad para calibrar y remediarla. Ahí el papa Francisco no está solo.

 

Por Cesar Vidal
Publicado marzo 9, 2017 9:00 am

Hace apenas unos días, el embajador Armando Valladares ha expresado su preocupación por la afirmación del papa Francisco en el sentido de negar la existencia del terrorismo islámico.   A decir verdad, la aseveración del papa fue aún más lejos. A la vez que indicaba que el gran problema del género humano es actualmente el ecológico, el pontífice negó que existiera un terrorismo cristiano, judío o musulmán. Que las intenciones del papa son buenas – las de evitar infamar a una religión por el hecho de que algunos de sus fieles sean terroristas – es algo que no me atrevería a discutir. Sí tengo enormes problemas con su afirmación de fondo.

Históricamente – y es una desgracia – no han faltado casos de terrorismo teñido de tono religioso. Permítanme citar algunos ejemplos. Los jesuitas que teorizaban sobre la justificación del atentado contra aquellos soberanos que no eran católicos y que incluso intervenían en su perpetración, por ejemplo, contra Isabel I de Inglaterra, eran teóricos, apologistas y ejecutores del terrorismo y de un terrorismo ciertamente teñido de tonos religiosos. También incurrieron en la práctica del terrorismo grupos sionistas como el Irgún aunque creo que sólo muy indirectamente podría decirse que sus acciones tuvieran una connotación religiosa. A decir verdad, sus atentados terroristas estarían más cerca de los cometidos por otros grupos nacionalistas como el IRA irlandés, la Terra Lliure catalana o la ETA vasca. Ciertamente, pudieron recibir la comprensión – en algún caso, la colaboración entusiasta – de sus respectivos ministros religiosos, pero no se trataba de grupos estrictamente religiosos. No sólo eso. Tanto las raíces del judaísmo como, muy especialmente, del cristianismo obligan a repudiar determinados comportamientos como contrarios a la moral. Ciertamente, el Antiguo Testamento o Tenaj contiene descripciones de terrible violencia y el Talmud cuenta con afirmaciones inquietantes, pero el judaísmo ha ido asimilando con el paso del tiempo una visión jurídica que plantea serios problemas morales con ciertas formas de ejercicio de la violencia. Por lo que se refiere a la iglesia católica, bastó con que dejara de ser un poder temporal con tribunales, ejércitos y verdugos a finales del siglo XIX para que, poco a poco, abandonara prácticas como las mencionadas. De hecho, para regresar a ellas ha tenido que teñirlas de principios marxistas como sucedió con la Teología de la liberación. Al fin y a la postre, resulta muy difícil apelar a la vida de Jesús y a sus enseñanzas para arrancar la vida a un ser humano.   El caso del islam resulta, por desgracia, muy distinto.

En mi biografía Mahoma, el guía, insistí en subrayar la enorme diferencia existente entre el Mahoma anterior al año 622 y el posterior.   El primer Mahoma fue un predicador monógamo y pacifista entregado a la tarea de anunciar un juicio de Al.lah inminente y en llamar a la gente a la fe en ese único Dios al que identificaba con el Dios de la Biblia. Para enfrentarse adecuadamente con el juicio, no sólo había que abandonar el politeísmo y la idolatría sino también entregarse a prácticas como la oración y la limosna además de las manifestaciones de compasión hacia viudas, huérfanos y menesterosos. Esa conducta y esas enseñanzas las mantuvo Mahoma durante años soportando una persecución que pudo haberle costado la vida en distintas ocasiones. Sin embargo, todo cambió radicalmente en el año 622, cuando Mahoma abandonó la ciudad de La Meca y se dirigió hacia una urbe que, posteriormente, sería conocida como Medina, es decir, “la ciudad” en referencia explícita a él.

El hecho de que Mahoma pudiera exiliarse con éxito escapando de las asechanzas de sus enemigos en La Meca cambiaría el destino del género humano de manera ciertamente dramática. De haber fallecido antes del 622, Mahoma seguramente no hubiera pasado a la Historia. Sin embargo, aquel predicador, monógamo y pacifista, iría cambiando tras asentarse en Medina de manera ciertamente llamativa. Convertido ahora en caudillo, Mahoma legisló y no sólo se entregó a la poligamia sino que además utilizó la espada como una manera de expandir su mensaje y tomar La Meca.

Dado que el islam considera que la vida de Mahoma no sólo fue santa sino auténtico modelo de acciones hasta en las cuestiones más nimias de la existencia, ese cambio de trayectoria sentaría las bases para la legitimación de acciones violentas que incluirían los atentados individuales, el uso del terror y la tortura e incluso la guerra de exterminio, acciones todas ellas ordenadas por el Mahoma medinés.

Si hubiera que mencionar un punto de partida de esa transformación seguramente habría que fijarlo en la batalla de Badr que fue seguida por el asesinato en masa de los prisioneros de guerra. Entre ellos se encontraba Abu Shahl b. Hisham, gran adversario de Mahoma, al que se decapitó. El profeta vio también entre los cautivos al poeta Uqba b. Muayt que, en el pasado, había pronunciado versos contra él. Uqba b. Muayt fue decapitado convirtiéndose en uno de los primeros poetas que pagaría con su vida el oponerse al poder del Islam. En la Arabia contemporánea de Mahoma, el poeta era un equivalente al periodista actual al informar y criticar – o alabar – el poder. Su peso social nada tenía que envidiar a los ahora denominados “creadores de opinión”. No sorprende por ello el destino de personajes críticos frente al islam como la poetisa Asma bint Marwan – que fue asesinada poco después mientras dormía – o como Abu Afak, al que se dio muerte a pesar de tener ciento veinte años. En adelante, aquellos que difundían sus ideas entre sus paisanos deberían andarse con cuidado si eran opuestas a Mahoma porque el aviso no podía haber resultado más obvio. El mismo destino sufrió el poeta judío Kab b. al-Asraf, autor de unos versos en que se lloraba el derramamiento de sangre que había tenido lugar en Badr y se saludaba con esperanza la posibilidad de un futuro desquite. Kab, asesinado por orden de Mahoma, fue el primero en una cadena de muertes que tuvieron como víctimas a judíos reacios a inclinarse ante Mahoma y como perpetradores a musulmanes convencidos. Estas acciones provocaron tal terror en la comunidad judía que sus representantes decidieron dirigirse a Mahoma. El resultado del encuentro fue un acuerdo que garantizaba a los judíos la seguridad siempre que no hubieran formulado críticas contra Mahoma. También en esa época, fue asesinado por orden de Mahoma, el judío Abu-l-Rafi Sallam b. abi-l-Hurayq que se había manifestado contrario a él.

En el curso de los años siguientes, Mahoma procedió al exterminio literal de tribus árabes que se habían convertido en el pasado al judaísmo y que no veían la menor razón para creer que fuera un profeta enviado por el Dios único.   No se trataba de una cuestión racial e incluso hay que matizar bastante el término anti-semita para este tipo de acciones. En realidad, para convertirse en objetivo de la violencia islámica bastaba con ser un opositor como fue el caso de Usayr b. Razim cuya vida fue segada siguiendo también instrucciones de Mahoma.   Aunque al inicio de su carrera, Mahoma se había manifestado favorable a una cierta tolerancia hacia los judíos y, especialmente, los cristianos, su consolidación política se tradujo en un cambio radical de actitud. En la sura At.tawba (la retractación) que ocupa el noveno lugar en el Corán aparece contenida la ayatus-saif o aleya de la espada en que se afirma taxativamente: “matad a los asociadores donde quieran que los encontréis. Capturadlos, sitiadlos y emboscadlos de cualquier forma, pero si se retractan, establecen el salat y entregan el zakat, dejadles seguir su camino”.

Esta alternativa de sometimiento al islam o muerte abrogaba todas las disposiciones anteriores – ciertamente más tolerantes – relativas a las relaciones con los no- musulmanes. No puede negarse que la estrategia bélica de Mahoma – que había exterminado a varias tribus judías y dado muerte a no pocos adversarios árabes – tuvo éxito permitiendo que entrara triunfalmente en La Meca. Los mecanos habían decidido no presentar resistencia a las tropas musulmanas ya que, a esas alturas, resultaba más que manifiesto que no hubiera servido de nada salvo para que la ciudad quedara sumida en un baño de sangre.   Nada más entrar en La Meca, Mahoma procedió a dictar un bando de proscripción. En esa lista de represión se encontraban, en primer lugar, los poetas. Alguno, como Kab b. Zuhayr, logró salvar la vida, pero sólo tras manifestar su sumisión más absoluta.   Un destino semejante sufrió Hind, la mujer de Abu Sufyan, uno de los enemigos más encarnizados de Mahoma. Como ella reconocería dirigiéndose al profeta: “Tú nos impones obligaciones que no has exigido de los hombres. Sin embargo, las aceptamos y no seremos infieles con tal de que Al.lah nos perdone el pasado”.

El triunfo de Mahoma dejaba establecidas unas bases sobre las que transcurriría el islam posterior. Aquel que se convirtiera al islam o que estuviera dispuesto a someterse sin fisuras a él con las pérdidas que semejante paso pudiera significar podría esperar algún grado de misericordia. Sin embargo, el disidente, el crítico, el opositor se convertiría en blanco de los sicarios del islam y el ataque musulmán podría descargarse sobre individuos, familias o colectivos más amplios.

De manera bien reveladora, la imitación de la conducta del profeta no proporcionaría históricamente al islam una mayor cohesión sino que, por el contrario, ha constituido históricamente un verdadero semillero de conflictos internos. Baste recordar que, tras la muerte de Mahoma en 634, el destino de sus sucesores fue verdaderamente pavoroso.   En el 644, el segundo califa, Omar fue asesinado; en el 656, el tercero, Otman cayó también a causa de una conjura y en el 661, Alí fue también víctima de la violencia. Ni uno solo murió tranquilamente en el lecho. Sin duda, se trataba de una evolución terrible para el período histórico que, convencionalmente, se conoce como el “califato perfecto”.   En los siglos venideros, los miembros de la dinastía califal de los omeyas – una familia inicialmente opuesta al islam que aportaría a éste con posterioridad algunos de los mayores logros del imperio bizantino – serían asesinados en masa por Abul Abbas que dio inicio al califato abasida y, vez tras vez, en una dinámica pavorosa, los caudillos del islam seguirían aplicando los principios aprendidos del ejemplo de Mahoma.

Oleadas sucesivas de integristas islámicos – España conocería, por ejemplo, a los almorávides, los almohades y los benimerines – dejarían de manifiesto su convicción de que los musulmanes relajados en el cumplimiento de la sharia constituyen un objetivo predilecto de los ataques y de que judíos y cristianos debían verse enfrentados con la disyuntiva de sumisión o muerte. El mismo Saladino, a pesar de su carácter emblemático de héroe del islam ganado con la victoria sobre los cruzados en los cuernos de Hattin, fue objeto de diversos atentados impulsados por el grupo integrista conocido como los asesinos, un término que ha quedado trágicamente en algunas lenguas como el español. No deja de ser significativo que el mismo grupo islámico integrista que causó la huida de Al-Ándalus del judío Maimónides provocara la del musulmán Averroes y causara una extrema inquietud entre los vecinos cristianos del norte.

El rey Abdallah de Jordania, el presidente egipcio Anwar As-Sadat o las innumerables víctimas del GIA son sólo algunos ejemplos contemporáneos de esa óptica y es que desde Mahoma, se ha enseñado el mandato de exterminar a la oposición y la disidencia en el interior de la sociedad islámica proceda ésta, real o supuestamente, de musulmanes o de cualquier otro colectivo. Así continúa siendo, en no escasa medida, a día de hoy.

 Volviendo al título de este artículo – ¿existe el terrorismo islámico? – creo llegado el momento de formular algunas conclusiones. La primera es que, por supuesto, hay musulmanes que han cometido y cometen acciones terroristas sin que ese terrorismo esté relacionado con el islam. Sería el caso de los denominados movimientos de liberación nacional como los independentistas argelinos o los nacionalistas palestinos. Sus acciones de carácter terrorista poco o nada tienen que ver con el islam – a pesar de la fe de los que las perpetraron – y están más relacionadas con una visión meramente política inserta en la denominada lucha contra el imperialismo, la liberación del territorio nacional o la construcción de la independencia. Sus actos son execrables, pero, al menos de manera directa, no se pueden atribuir al islam.

La segunda conclusión es que, por supuesto que también hay un número elevado de musulmanes contrario a las acciones terroristas que incluso le opone razones de carácter teológico. Por citar, hasta podemos referirnos a musulmanes que abrazaron la táctica de la no-violencia de Gandhi rechazando cualquier forma de violencia fuera la que fuera.

Sin embargo – tercera conclusión – estas realidades no pueden ocultar que, en contra de lo afirmado por el papa Francisco, sí que existe un terrorismo específicamente islámico y no sólo – como él pretende – perpetrado por musulmanes. ISIS, An-Nusrah, Hamás, Hizbullah o un sinnúmero de organizaciones de semejante color sostenidas por regímenes como los de Arabia Saudí, Sudán o Irán constituyen ejemplos más que palpables de organizaciones terroristas que apelan para sus acciones directamente al islam de la misma manera que otras pueden apelar a la patria vasca o irlandesa. Para colmo de males, el ejemplo de Mahoma sigue siendo normativo y el Mahoma posterior a la marcha a Medina condonó este tipo de prácticas sin ningún género de dudas.

Precisamente por ello, ese terrorismo islámico que sí existe representa una amenaza real aunque, lamentablemente, da la sensación de que no pocos dirigentes occidentales están demostrando su incapacidad para calibrar y remediarla. Ahí el papa Francisco no está solo.

*Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor*

 

Fuente: Interamerican Institute for Democracy

 

 

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